Parece ser que la negativa de Apple de facilitar al FBI una técnica que le permita des-encriptar sus teléfonos moviles, ha encendido un enconado debate sobre los límites del poder sobre la industria e, incluso, los límites de la propia constitución.

El caso es que, tanto en el asunto del terrorista de San Bernardino, como en el del traficante de metanfetaminas, el gobierno solicita de Apple un mecanismo que permita acceder a los datos encriptados de sus dispositivos.

Parece ser que, de momento, la balanza de la justicia se inclina del lado de Apple. El juez James Orenstein, instructor del caso del traficante de drogas de drogas en el estado de Nueva York, se ha pronunciado en favor de la compañía de la manzana. Pero sospecho que el litigio no se zanjará aquí, más aún cuando existen evidentes paralelismos entre ambos sumarios y, según parece, son más de 10 los contenciosos abiertos por la justicia americana en referencia en los que Apple y el FBI y otros organismos oficiales litigan por el mismo motivo.

En cualquier caso, al margen de las connotaciones puramente jurídicas y políticas del asunto, resulta interesante analizar el argumentario de unos y otros. El argumento de Apple se sustenta en una lógica intachable; Desarrollar un software que permita des-encriptar el sistema operativo de sus teléfonos sienta un peligroso precedente que cuestiona seriamente, ya no solo la tecnología utilizada, sino incluso, el sentido real de la privacidad. Y es que, según comentan, de dar el paso, la empresa no puede garantizar que la tecnología utilizada no pueda ser utilizada por un tercero con fines más abyectos y oscuros que los del gobierno. Frente a este argumento, el casi “sentimental” alegato del gobierno americano apelando a la necesidad de disponer de este tipo de herramientas para poder garantizar la seguridad de sus ciudadanos, no ha despertado demasiado entusiasmo en la red, aunque sí algún apoyo significativo, como el del propio Bill Gates. Y es que, al margen del desenlace jurídico final del contencioso, en las redes se han impuesto con rotundidad las tesis de Apple. Con una abrumadora mayoría, los internautas se han pronunciado en favor de la postura de Apple.

Debo confesar que no tengo un postura clara ni definida al respecto. El tema desborda totalmente mi escaso conocimiento en cuestiones legales. Pero si debo señalar algo que despierta en mí una cierta sorpresa, cuando no inquietud; la ya, por desgracia, habitual confusión entre Seguridad y Privacidad. En muchas de las argumentaciones que estos días he leído en favor de la postura de Apple, ambos conceptos se mezclan sin rubor y son utilizados en muchos alegatos incluso como sinónimos.

Mientras que la seguridad es la condición sin la que la privacidad no sería posible, la existencia de la primera no implica necesariamente la de la segunda. Son numerosos y de uso común los ejemplos en los que un gran nivel de seguridad no implica necesariamente un mayor grado de privacidad: Redes sociales, Servicios gratuitos en la red y un largo etc. En cualquier caso, la principal diferencia entre ambos conceptos radica en que, si bien la seguridad es un requisito imprescindible y el mínimo exigible para cualquier servicio en la red, la privacidad, por el contrario, es y debe estar siempre sujeta a la determinación y voluntad del usuario. A menudo, si deseamos disfrutar de un determinado servicio en la red, por ejemplo, una cuenta de correo gratuita, debemos comprometer una parte de nuestra privacidad. El manido argumento de que, si algo es gratis en internet, probablemente el producto eres tú resulta muy pedagógico al respecto. Lo que en ningún caso resulta aceptable es, como siempre, el engaño o las medias verdades. El sistema actual de servicios gratuitos solo puede resultar sostenible si se ampara en el derecho a decidir de los usuarios y, para ello, resulta imprescindible una política de trasparencia que, desgraciadamente, no siempre es una práctica habitual.

Volviendo al caso de Apple, esta reflexión me descubre una nueva perspectiva del caso. Apelando a dicha trasparencia, si en algún momento Apple ha utilizado la privacidad como parte de su política comercial y, en consecuencia, algunos de sus clientes se han inclinado finalmente por confiar en la compañía en virtud de esa característica, plegarse a las exigencias del gobierno, más allá del apocalíptico futuro que esboza la compañía, supone, simple y llanamente, el incumplimiento de un compromiso con sus clientes y, posiblemente, una violación del contrato tácito entre cliente y proveedor.

Y si en algún lugar resulta especialmente trascendente esta distinción entre Seguridad y privacidad, como no podía ser de otra manera, es en el contexto IoT. En el Internet de las cosas, la seguridad es y debe ser un requisito indispensable e irrenunciable para todos aquellos que intentamos desarrollar esta tecnología. Aun así, cualquier entorno que se precie, debe dejar el ajuste de los niveles de privacidad de los datos que son gestionados por estas redes a disposición de sus responsables. Solo así, será posible el desarrollo de una tecnología de propósito general que quiera y pueda estar presente tanto en la gestión de infraestructuras críticas que requieren de un alto nivel de privacidad en, por ejemplo, el contexto de SmartCity, con iniciativas tan encomiables y prometedoras como Thingful, SentiloLondon DataStore, EMT Open Data o TMB Open Data, entre muchas otras, dónde facilitar el acceso a los datos de manera ordenada abre la puerta a un sinfín de posibilidades para el desarrollo de soluciones específicas. Estas propuestas suponen un gran adobo para el ecosistema IoT pues permiten y facilitan que la iniciativa privada proponga nuevas soluciones que permitan que la tecnología IoT madure a través de iniciativas concretas que la acerquen a la realidad y la cotidianidad y la alejen de los auditorios y despachos.